white djuna pages _ fiction

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SHE
Was reading a novel, remembered all the readers that can not keep the anxiety and run their hands with speed towards the ending pages of a book. She compared herself to them, – i’m lucky i don’t have that urge – nevertheless she was intrigued by how many white pages the book she was reading had.

Some of the knowledge her graphic design degree gave her was that a book is made by a folded sheet divisible by four, eight or even twelve. She visualised certain axioms: a book never has odd pages, she laughed to herself remembering her brother teaching her axioms of second degree equations in the kitchen table at her university days, the jokes between true and ridiculous axioms. There is something the ridiculous has over the truth, it makes you laugh more.

She thought: each novel, each book has its own non-written pages, she remembered Saussure and versioned its words – a book is the written and the non-written –.

These four pages of her edition of Djuna Barnes are four white pages of Djuna, they are not two, or one, that white belongs to Djuna, to that novel in particular and to nothing else.

She imagined an exhibition at a gallery of white pages from diferente novels. Of course each white ages it own way, a sort of Malevich with subtle differences, but instantly she visualised all the pages that would be loose from the book. She imposed herself another exercise: search all the white pages of a novel, take the whole folded sheet away of the book and make a version of the story with the written and white pages she got out if it.

This in her mind trying to see what shape it might take. For the moment she can not hold a book in her hands and keep the urge to go towards the end and check how many white pages does the book own, not because the ending specifically, but because she would like to ask the author what was left unsaid.

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ELLA

Leía una novela, recordó los lectores que no pueden sostener la ansiedad y dirigen sus manos velozmente directo al final del libro. Se comparó: – qué suerte que no tengo esa ansiedad –, sin embargo sí le intrigaba saber cuántas páginas en blanco tenía ese libro que leía.

Uno de los conocimientos que le dio su carrera de diseño gráfico es que los pliegos que forman un libro son divisibles por cuatro, por ocho, a veces por doce. Visualizó algunos axiomas en su mente: – un libro nunca tiene páginas impares, se rió, recordó a su hermano enseñándole ecuaciones de 2do grado y riendo entre axiomas verdaderos y ridículos. El ridículo tiene algo que nunca tendrá lo verdadero, te hace reír más.

Pensó: cada novela, cada libro tiene sus páginas no-escritas, recordó a Saussure y lo versionó – un libro es lo escrito y lo no-escrito –.

Estas cuatro hojas en blanco de su edición de Djuna Barnes son ocho páginas en blanco de Djuna, no son 2, ni una, ese blanco es de Djuna, de esa novela en particular y de nada más.

Imaginó una muestra en una galería de páginas en blanco de diferentes novelas. Por supuesto cada blanco envejece de un modo particular, una especie de Malevich con sutiles diferencias. Pero al instante visualizó todas las hojas que quedarían sueltas del libro si se les quita las blancas, se impuso mentalmente otro ejercicio: tomar todas las hojas en blanco de una novela, sacarlas del libro con sus respectivos pliegos, desarrollar una versión de la historia a partir de esas páginas escritas y en blanco.

Así los proyectos viendo que forman tomarán si los desarrolla, por lo pronto no puede dejar de sostener un libro en sus manos y dirigirse velozmente hacia las páginas finales para ver cuántas quedaron en blanco y preguntarse, no acerca del final en lo particular, sino qué quedó sin decirse.


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